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Holes glory: agujeros negros
Marta tenía 32 años,
tres menos que yo, y en ella destacaba su pelo negrísimo,
que contrastaba con la blancura de su piel. Le llegaba
hasta los hombros, siempre perfectamente alisado, enmarcando
un rostro de aspecto simpático y juvenil. Coronando
su cara aparecían dos ojos grandes y oscuros, muy
expresivos, que parecía estuvieran siempre alerta.
Tenía una naricita pequeña y una boca grande,
de expresión sonriente y burlona. Su figura era
normal: no destacaba por nada, ni en lo positivo ni en
lo negativo. No muy alta, con un busto normal, un trasero
que no era espectacular y unas piernas aceptables. Sin
duda era su carácter extrovertido el que hacía
que tuviera un gran éxito con los hombres. Cada
dos meses, más o menos, estrenaba novio. Dentro
del repertorio de hombres que pasaban por su vida había
de todo, pero ella siempre se acababa cansando de ellos.
Esta semana, después de que lo había dejado
con su último ligue (un atractivo comercial de
teléfonos móviles), extrañamente
estaba sin novio.
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Inocencia
Eran apenas las 8:30 de la mañana
y Guillermo Castañeda, el hijo del licenciado Noé
Castañeda, dueño y presidente corporativo
de la empresa Lumex, ya se encontraba frente a una de
las computadoras trabajando. A Laura le causaba un poco
de risa verlo saliendo del elevador enfundado en su mejor
traje italiano y oliendo a loción importada, lanzándole
una sonrisa fingidamente cortés para luego sentarse
en el escritorio que quedaba junto al de ella, a teclear
afanosamente como si su secretaria no pudiera hacerlo.
Laura era una jovencita inocente pero nada tonta, no le
eran inadvertidas las miradas que Guillermo le lanzaba
veladamente cada vez que ella cruzaba las piernas cambiando
de posición para ver el rosado tono de su piel
o sus muslos tan marcados por el ejercicio que practicaba
todas las tardes, desde que se había mudado a la
ciudad. Laura Cardenas era una chica de provincia, su
familia era de orígenes muy humildes y aunque en
su casa el dinero siempre había faltado ...
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Los testículos de Jehova
Una pura y dulce mujer de 29
años, habiendo sido criada bajo los valores y principios
más rectísimos encontrados en las santas
escrituras, vivía en una casa modesta en el campo
donde llevaba una vida santa, rodeada de velas, imágenes
santificadas y demás detalles que toda tierna beata
suele tener entre sus humildes pertenencias. Cierta mañana,
un forastero de pulcro vestir tocó la puerta, llevaba
la biblia entre sus manos. -¿Quién es? -preguntó
desde dentro la ingenua. -¿Podría conversar
un minuto con usted, respetada señora? Mi nombre
es Gabriel, soy un dichoso miembro de los Testigos de
Jehová y vengo a traerle la palabra de Dios a su
casa y a su purísima alma. La señora quedó
impresionada ante las cálidas palabras que atravesaron
las ranuras de la puerta de madera y dejó pasar
al caballero, quién, demostrando hábitos
decentísimos, agradeció con una inclinación
el gesto de confianza de la casta mujer. -¿Usted
cree en Dios, hermana? -preguntó el caballero.
-¡Por supuesto, ...
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Una mamada en un bar de Plaza
Satélite
Gabriela es una chica alta,
de 1.70 m, de pelo largo lacio y negro, piel blanca, guapa
de cara, tal vez un poco pasada de caderas para sus piernas
flacas y pocas tetas, pero de buen ver general. Nos conocimos
en un bar, nos veíamos cada fin de semana ahí,
poco sabíamos el uno del otro, no más que
nuestros nombres y algún dato más, irrelevante
por cierto. El tema es que a mí me atraía,
y yo también la atraía a ella, sabiendo
que era una situación completamente libre, nos
besábamos en el bar algunas veces, y nos divertíamos.
Yo la empujaba a una ronda de amigos míos, ellos
la toqueteaban un poco, y eso era todo. Algunas de las
veces en que nos encontrábamos en el bar, yo la
llevaba de regreso a su casa, y, como es mi costumbre
cuando llevo alguna chica en el coche, le ofrezco mi verga
para que me la mamara. Ella aceptó, haciéndose
la liberal, pero no sabía mamarla bien, pasaba
la lengua por el tronco, pero no se la comía...
Tuve que enseñarle, ella reclamaba que ya ....
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Compañeros de trabajo
Como la chupa Mónica,
fue lo que pensé esa noche. Salimos de cena de
trabajo comimos y bebimos, la noche iba bien, pero acabo
mejor, en el bar de turno, los roces se subieron de tono,
las cosas se calentaron, y Moni me respondió, los
simples roces que les ofrecía en sus cuerpos, pasaron
a toqueteos con Mónica, le agarraba su bello culo,
y ella a mí el mío, estábamos cachondos,
me puse tras de ella, pegando mi polla dura en su culo,
ella la noto, giro la cabeza y sonrío, yo saque
la lengua queriendo lamer la suya pero no me respondió,
comenzó a contonear sus caderas, rozándose
conmigo me ponía malo, no aguante mas, que le di
la vuelta quedándonos de espaldas al grupo, y le
agarre sus pequeñas tetas, entonces si me respondió
enlazándonos en un largo beso. Me invito a su casa
y yo encantado acepte, entramos besándonos en su
vivienda, yo le acariciaba su culo y ella mi paquete,
estábamos como locos, sumidos en una nube de lujuria,
me senté en el sofá, ella se sentó
encima ...
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Tristán
Al salir del restaurante japonés
Alejandra fue incapaz de reprimir un ataque de risa al
ver que Tristán tenía que andar encorvado,
casi en ángulo recto, en un intento vano de ocultar
su erección. Una vez dentro del taxi, él
le cogió la mano y se la llevó al considerable
bulto de su entrepierna. Alejandra trató de reprimir
un suspiro para que el taxista no se diera cuenta, pero
poco o mal lo consiguió, ya que durante todo el
trayecto no dejó de mirar por el retrovisor. Pero
ellos no llegaron a percatarse, de tan concentrados que
estaban el uno del otro. Tristán metió la
mano dentro de la minifalda elástica de Alejandra
y, cuando ella se movió para facilitarle el acceso,
consiguió alcanzar el ansiado sexo de la chica.
Comenzó a explorarlo muy despacio, reconociendo
con la punta de los dedos cada pliegue, cada arruguita,
cada tejido. Ella se abrió un poco más de
piernas, consciente de que si por algún casual
al taxista se le ocurría mirar hacia atrás,
tendría una muy buena perspectiva de sus encantos
...
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